Comentario Nº 127, 15 de diciembre de 2003

      Las ambigüedades del Libre Comercio

      El debate sobre libre comercio frente a proteccionismo se ha venido manteniendo durante 500 años, es decir, durante toda la historia de nuestro sistema-mundo moderno. En favor del primero se ha argumentado siempre que da lugar a la máxima competencia y por tanto a la mayor eficiencia en la producción y a la reducción de precios, beneficiando en último término al consumidor. En favor del segundo se ha argumentado siempre que el libre comercio tiene consecuencias negativas para diversos factores económicos nacionales, tanto a corto como a largo plazo. A corto plazo incrementa el desempleo y provoca el cierre de empresas locales, y a largo plazo obliga a los países débiles a concentrarse en actividades económicas de menor beneficio.

      Evidentemente, ambas posiciones tienen razón hasta cierto punto, pero no son las virtudes abstractas del libre comercio ni del proteccionismo las que determinan lo que efectivamente sucede. En último término, la cuestión es tanto política como económica. Los países que en determinado momento son particularmente eficientes en las actividades productivas suelen ser los que proclaman las virtudes del libre comercio, que obviamente favorece sus intereses nacionales ya que pueden vender sus productos en los mercados extranjeros sin la penalización de tarifas aduaneras u otras barreras, y también les permite invertir el capital excedente en otros países. Los países moderadamente fuertes son normalmente los más partidarios del proteccionismo, juzgando que si pueden proteger sus mercados internos durante un tiempo frente a la competencia de los productores de los países más fuertes, podrán mejorar su propia eficiencia y desarrollar un mercado interno capaz de resistir a la competencia abierta. Para ellos es una cuestión de tiempo; la protección es temporal. Los países verdaderamente débiles en el terreno económico suelen ser también demasiado débiles en el terreno político como para poder erigir barreras proteccionistas.

      Pero hay ciertas ambigüedades en los países fuertes que proclaman las virtudes del libre comercio, ya que sólo lo defienden hasta cierto punto. Por ejemplo, en el siglo XVII los holandeses (lo que entonces se llamaban las Provincias Unidas), que eran los productores (y comerciantes) más eficientes de Europa, predicaban las virtudes del libre comercio a Inglaterra y Francia, entonces más débiles; pero eso no significa que no protegieran ciertos mercados. En 1663 Sir George Downing, hombre de Estado británico, observó amargamente acerca de la política holandesa: "Es mare liberum en los mares británicos pero mare clausum [cerrado] en las costas de África y las Indias orientales". Los británicos tuvieron que llevar a cabo tres guerras navales contra los holandeses para equilibrar el terreno de juego en el comercio mundial.

      Esa historia se está repitiendo hoy día. Después de la Segunda Guerra Mundial Estados Unidos era el productor más eficiente y por supuesto estaba a favor del libre comercio, pero para reforzar políticamente sus alianzas contra la Unión Soviética permitía que Europa occidental, Japón, Taiwán y Corea del Sur tomaran ciertas medidas proteccionistas, lo que reforzaba económicamente a esos países hasta cierto punto. Cuando en la década de 1970 llegaron a resultar altamente competitivos Estados Unidos comenzó a quejarse de sus políticas proteccionistas. Pero precisamente porque Estados Unidos se había debilitado relativamente desde el punto de vista económico, también reforzó sus propias políticas proteccionistas en un sector industrial en declive. El gobierno estadounidense, como otros gobiernos, se veía sometido a una intensa presión política interna para preservar los puestos de trabajo y los beneficios de los empresarios locales.

      Estados Unidos volvió a sus ojos hacia lo que llamaba "mercados emergentes", con lo que se refería a algunos de los mayores países del Sur del mundo, como Malasia e Indonesia, India y Pakistán, Egipto y Turquía, Sudáfrica y Nigeria, Brasil y Argentina... Veía a esos países como mercados donde vender los productos estadounidenses –industriales, de tecnología de la información y biotecnología– así como lugares privilegiados para determinadas transacciones financieras, pero esos países se habían comprometido con una ideología desarrollista que les llevaba a adoptar ciertas medidas proteccionistas, de forma en Estados Unidos tuvo que explicarles que en una era de "globalización" esas prácticas eran dañinas y contraproducentes. Los mercados emergentes tenían que abrirse al mercado libre, esto es, a las inversiones y actividades estadounidenses (y de otros países).

      Los principales instrumentos para conseguir el sometimiento a ese nuevo régimen eran el Fondo M;onetario Internacional, el Tesoro estadounidense y la Organización Mundial del Comercio (OMC), que establecieron las reglas obligatorias del libre comercio, destinadas naturalmente a aplicarse a otros países, no a Estados Unidos. El problema de las reglas, no obstante, es que los demás también las pueden utilizar. Cuando Estados Unidos (y Europa occidental) trataron de extender esas reglas a los llamados mercados emergentes, encontraron resistencia en Cancún, donde Brasil encabezó una coalición de las potencias medianas insistiendo en que las reglas funcionaran en ambos sentidos, esto es, que si el Sur tenía que desmantelar sus barreras proteccionistas Estados Unidos y el resto del mundo debían hacerlo también (véase el Comentario 122, del 1 de octubre de 2003). Estados Unidos se negó a aceptarlo y por eso fracasó la cumbre de Cancún.

      Pero todavía acechaba un problema mayor para Estados Unidos. Europa (y otros países del Norte) no estaba nada satisfecha con el proteccionismo estadounidense, que perjudicaba directamente sus propios intereses. Cuando George W. Bush impuso tarifas aduaneras al acero para proteger a los productores estadounidenses en estados electoralmente cruciales para él (como Virginia occidental y Ohio), los europeos denunciaron el caso en el tribunal de la OMC, acusando a Estados Unidos de violar el tratado. La OMC les dio la razón y obtuvieron el derecho a establecer contramedidas que amenazaban a productos estadounidenses importantes en otros estados electoralmente importantes para Bush (como Florida y Michigan). Así pues, Bush tragó saliva y revocó las tarifas aduaneras sobre el acero, pero los europeos no quedaron satisfechos. Planean utilizar las mismas contramedidas si Estados Unidos no pone fin a las rebajas de impuestos que concede a las empresas estadounidenses por sus operaciones en el extranjero, lo que al parecer también viola el tratado de la OMC.

      Por si todo esto no fuera suficiente, cuando George W. Bush anunció que no iba a permitir que los franceses, alemanes, rusos y canadienses participaran en los contratos para la reconstrucción de Iraq se planteó inmediatamente que eso también violaba el tratado de la OMC. De repente la OMC –que es prácticamente un invento estadounidense muy apreciado– comenzó a aparecer como una soga en torno al cuello de Estados Unidos. El libre comercio es maravilloso, por supuesto, al menos mientras uno no tenga que soportar también sus costes negativos.

      Immanuel Wallerstein (15 de diciembre de 2003).


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